Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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En un pequeño calabozo en el piso bajo de la cárcel de la Audiencia yacía el desgraciado marqués de San Vicente, don Antonio de Benavides, víctima de la rabiosa lealtad de la Audiencia, cuando se abrió la puerta y se presentó don Frutos llevando en una mano el farol de uno de los carceleros.

Apenas penetró el oidor, la puerta volvió a cerrarse.

—Señor marqués —díjole políticamente don Frutos.

—Mándeme su señoría —contestó don Antonio.

—He aprovechado un momento en que el virrey y los oidores están en pláticas, para venir a ofrecer a vuestra merced mis débiles pero amistosos servicios; la suerte que ha sufrido vuestra merced me conmueve porque le considero en tierra extraña, víctima de injustas prevenciones y calumniado…

—Ciertamente —contestó Benavides con dignidad— mi situación no puede ser peor; porque aún ignoro quiénes son mis acusadores, y cuál el delito que se me imputa.

—Realmente hay en todo esto un misterio que yo no alcanzo a comprender, pero que aclararemos si vuestra merced viene en mi auxilio.

—Lo agradecería en el alma.

—Probaremos, ¿vuestra merced tiene en orden sus papeles?


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