Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Frutos al salir de la cámara del virrey se dirigió, con objeto de ganar tiempo, precipitadamente hacia la cárcel, y cerca del calabozo en que habÃan encerrado al marqués, encontró a don MartÃn de SolÃs y a otros dos oidores.
—¿Han hablado sus señorÃas con el preso? —les dijo.
—No, porque esperábamos a su señorÃa.
—El virrey tiene empeño en hablarle él antes que ninguno de nosotros.
—Pues preciso será que no suceda asÃ.
—Apenas he logrado desprenderme de él, aprovechando un momento en que fue llamado, pero no dudo que notando mi desaparición y creyendo que yo puedo haber venido a la cárcel, venga tras de mà y me impida hablar a solas con el preso.
—Es muy probable.
—Para evitarlo importa que sin perder un momento vayan sus señorÃas y con cualquier pretexto le visiten, y le entretengan hasta que yo vuelva.
—Iremos —dijo don MartÃn.
—Pues no hay que perder tiempo.
Don Frutos siguió para el calabozo, y don MartÃn y sus compañeros se dirigieron al despacho del virrey.
Ya hemos visto que llegaron oportunamente.