Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El virrey dejó allí a don Lope y entró en busca del oidor, a quien había dejado en la cámara.

Pero el oidor había desaparecido, y el virrey supo que hacía largo rato que faltaba de aquel lugar.

Volvióse inmediatamente a donde estaba don Lope.

—Vamos al instante —dijo— el oidor Delgado quiere sin duda adelantarse para hablar con el marqués y es necesario impedirlo, porque preciso es que nosotros le veamos primero.

El virrey se preparaba ya a salir cuando se presentaron don Martín de Solís y otros dos oidores.

—Maldita suerte —dijo entre dientes el virrey.

—Señor —dijo don Martín de Solís adelantándose— los señores oidores, mis compañeros, y yo, deseamos hablar con V. E. un instante, sobre negocios que interesan al real servicio.

—¿Tan urgentes que es necesario tratarlos esta noche? —dijo el virrey con muestras de impaciencia.

—Tan urgentes, que de perderse un instante peligra la tranquilidad del reino.

—Pues tomen asiento sus señorías.

El virrey dirigió una mirada significativa a don Lope; éste tomó su sombrero y salió a esperar a la antesala.

Aquella visita y aquella instancia para hablar con el virrey, eran naturalmente de mala fe.

He aquí lo que había pasado.


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