Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El virrey escribió aquel nombre para no olvidarle.

—¿Y qué piensa hacer vuestra merced? —preguntó.

—No encuentro aquí otro camino que hablar con el marqués, lo cual se conseguirá con una orden de V. E. para que me permitan la entrada.

—¿Pero no comprende vuestra merced que la Audiencia desconfía de mí, que vigila todos mis movimientos, que esa orden no hará sino comprometernos más y más?

—Es cierto, entonces, ¿qué remedio, señor?

El virrey pareció reflexionar.

—Escuche vuestra merced —dijo de pronto— yo debo hablar con ese hombre, es decir, con el marqués; vuestra merced irá conmigo y aprovechará la primera oportunidad…

—Con tal de que eso sea muy pronto.

—En esta misma noche; no espero más sino que se retire el oidor Delgado, que es sin duda el más temible de toda la Audiencia, porque es muy desconfiado y muy audaz.

—Es decir que aquí espero a V. E.

—Espéreme vuestra merced, que de ir tenemos esta noche al calabozo del marqués, aunque sea a las doce.

—No me separaré de aquí.


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