Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Señor —decía éste— es indispensable que V. E. me dé una orden para hablar con el marqués de San Vicente en su prisión.

—Difícil cosa pretende vuestra merced —contestó el virrey— porque los oidores vigilan esa prisión y sería una imprudencia que vuestra merced penetrase allí y menos con orden mía.

—Pero es necesario, señor.

—Lo creo, y sin embargo, no puedo dar esa orden.

—Es, señor, que el marqués trae pliegos que comprometen altamente a V. E. y a muchas personas de la corte y de esta ciudad.

—¿Qué dice vuestra merced?

—La verdad, señor, la verdad: aprovechando un ligero descuido de sus conductores, el marqués de San Vicente ha hablado con uno de los de su servidumbre, encargándole que me dijese esto, y que importaba mucho que yo le viese.

—¡Qué imprudencia! ¿Es decir que ese hombre, ese criado o lo que sea, sabe que yo estoy comprometido con esos pliegos que conduce el marqués?

—¿Qué remedio, señor? Era imposible comunicar la noticia de otro modo, y además el hombre es de toda confianza.

—¿Y cómo se llama ese hombre que tiene mi suerte en su mano?

—Diego de Pineda.


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