Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Era una esquela de don Lope de Montemayor en que le suplicaba le diese una audiencia secreta en el momento para un negocio muy importante, y agregaba que en aquel instante estaba en espera en la antesala.

La conciencia del virrey no estaba muy tranquila en el negocio de la conspiración; temía que alguna circunstancia le hiciera aparecer como comprometido ante la Audiencia, y el virrey conocía muy bien que los oidores eran muy capaces de hacer una revolución, desconocerlo y apresarle, dando aviso a la corte.

—¿Tendrá su señoría —dijo a don Frutos— inconveniente para esperarme aquí un momento? que un asunto del gobierno me llama a otra parte.

—No, puede V. E. retirarse con entera libertad, que antes que todo está el real servicio.

—Entonces vuelvo dentro de pocos instantes.

El virrey saludó y salió de la estancia.

Apenas la puerta se había vuelto a cerrar, don Frutos tomó su sombrero y salió precipitadamente por otro lado, diciendo para sí:

—Si el virrey pretende llegar a la prisión antes que yo, trabajos le mando.

Pero el virrey en lo que menos pensaba era en ir a la prisión de don Antonio de Benavides, y quizá don Frutos no llegaría aún a la puerta de la cárcel, que estaba en el mismo edificio, cuando el virrey hablaba con don Lope.


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