Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El oidor comprendió que el virrey trataba de hablar el primero al marqués de San Vicente y procuró impedirlo, porque estaba en sus planes ser él quien hablase antes.

—Será como lo mande V. E., pero quisiera yo que V. E. me permitiera ir siquiera a saber si el dicho marqués está ya en su prisión y si ha despejado la gente.

—Eso lo puede hacer un empleado de mi secretaría sin que su señoría se tome tal molestia, que sabida la razón podemos ir juntos.

El oidor calló, y pensó un medio de desprenderse del virrey, pero no se le ocurrió, porque era indudable que el virrey tenía las mismas intenciones.

Era, pues, preciso esperar, pero esperar sin separarse de allí, porque si el oidor se alejaba, sin duda el marqués de la Laguna aprovecharía el momento para entrar a la cárcel y al calabozo de don Antonio de Benavides, que como se sabe era el marqués de San Vicente.

Prolongóse la conversación, porque también el virrey quería detener a don Frutos y quién sabe en qué hubiera terminado aquello si el secretario del marqués de la Laguna no hubiera entrado con una esquela que entregó ceremoniosamente.

—Con el permiso de su señoría —dijo el virrey y levantándose se acercó a una bujía, rompió el nema de la carta y leyó para sí.


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