Las dos emparedadas

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XI

De lo que pasaba con el marqués de san Vicente después de su prisión

Fue el marqués de San Vicente encerrado en un oscuro calabozo de la cárcel de la Audiencia.

A pesar de que la orden del virrey no era más que una medida de precaución, o al menos así se le había pedido por los oidores apenas éstos la tuvieron en su poder comenzaron a molestarle.

En la misma noche en que le llevaron a México, el oidor don Frutos Delgado entró a visitar al virrey.

—Ahora sí —dijo éste— su señoría estará contento.

—Contento, no —contestó don Frutos—, porque jamás puede dar contento a un corazón bien formado, el padecimiento que sufre un semejante aun cuando este padecimiento le vengan por justicia, pero sí puedo decir a V. E. que estoy tranquilo.

—¿Y habéis hablado con el marqués?

—No, señor, esta noche quiero verle.

—Yo también.

—Es muy justo: en tal caso iré dentro de un momento a saber en dónde quedó alojado y avisaré a V. E.

—Fácil es saber en dónde quedó alojado, que no puede ser en otra parte que en las reales cárceles; de manera que acompañaré a su señoría.


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