Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—¿Así pensáis?

—Sí. A don Antonio de Benavides, quizá nunca me atrevería yo a hablarle, porque se me figuraría ver en sus manos la sangre de Mallades, porque la sombra de mi amante me parecería que se levantaba entre los dos; pero yo conozco a Benavides; podéis fiaros de él, y antes moriría que descubrir un secreto.

—Os creo, señora.

—Por ahora, a pesar de que no conozco todos los secretos de vuestros planes, y que ignoro las intenciones del virrey y de la Audiencia, temo que don Antonio de Benavides, no salga vivo de esa prisión.

—Pero si nada tienen de qué culparle.

—Sin embargo, los reyes y sus representantes no perdonan ni aun la simple sospecha.

—El virrey está de nuestra parte.

—Mientras no vea por vuestra parte peligro, el día en que la suerte os sea adversa, os sacrificará a todos.

La dama calló, y don Lope se había puesto sombrío; aquella mujer acababa de decirle lo que él mismo pensaba, pero lo que temía pensar siquiera.


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