Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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La dama esperaba con impaciencia que volviera el rostro, segura de conocerle porque la luz de unos hachones le bañaba enteramente.

Por fin el marqués hizo un movimiento y presentó su rostro a doña Laura.

La dama lanzó una exclamación que escuchó el Tapado, porque dio muestras de buscar con inquietud el lugar de donde había salido aquella exclamación, pero la dama había vuelto a perderse entre la gente, y entraba a su casa arrastrando en pos de sí a don Lope de Montemayor.

—¿Le habéis visto, señora? —dijo don Lope.

—Sí —contestó la dama.

—¿Y le conocéis?

—Demasiado.

—¿Y quién es él? señora.

—Don Antonio de Benavides, el hombre de las confianzas del padre Nitardo, del asesino de don José de Mallades.

—¿Es decir que pensáis que no debemos fiar en él?

—No, don Lope, no digo tal; este hombre me causa una impresión horriblemente desagradable, porque creo que ha sido el brazo del padre Nitardo en la ejecución sangrienta de don José, pero ése es el hombre de la lealtad para la reina, y para el padre Nitardo era un perro fiel.


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