Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Lope sintió que sus nervios se estremecían al contacto del brazo de doña Laura y que un fuego terrible corría por todo su cuerpo.
Aquel hombre estaba ciegamente apasionado; miraba a la dama y sentía vehementes deseos de estrechar aquella mano que se apoyaba en su brazo, contra su corazón.
Pero no se atrevió.
Hendiendo verdaderamente la multitud apiñada delante de la casa, don Lope y su hermosa compañera llegaron hasta los que formaban la primera fila de los curiosos.
Era el momento en que el preso llegaba allí precisamente.
—Ese a quien llevan en medio de todos —dijo don Lope a doña Laura— ese que viene caballero en una mula, ése es el marqués de San Vicente.
La dama fijó su atención en la persona designada.
Era éste un hombre rico y elegantemente vestido, no traía armas, ni más abrigo que una capa corta que flotaba en su espalda y que sin duda por causa de la estación el marqués no cuidaba de embozarse.
Tenía un ancho sombrero que no le cubría su frente porque lo traía levantado.
En el momento en que doña Laura llegó, el marqués de San Vicente le daba la espalda porque hablaba con una persona que estaba a su derecha.