Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pero exigir que llegue cuanto antes el equipaje.

—Eso sería infundir sospechas, y corroborar el dicho del marqués cuando se queje, como lo hará sin duda, de que han sido extraídos de sus cajas esos papeles.

—Tiene su señoría una previsión admirable.

—Favor que me hace su señoría —contestó hipócritamente don Frutos—, es que he pensado mucho en este negocio.

Los oidores habían llegado hasta la esquina de la calle de Tacuba, allí se despidieron y cada uno de ellos tomó el rumbo de su casa.

Don Frutos siguió adelante por la misma calle de Tacuba, porque vivía en aquella misma calle.

Los demás tomaron el rumbo del monasterio de Santo Domingo.



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