Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que concertaron don Lope y don Antonio de Benavides
Cuando el virrey, seguido de don Lope de Montemayor, llegó a la prisión, todo el mundo se había ya retirado.
Los presos encerrados estaban ya en sus respectivos calabozos y reinaba allí el más profundo silencio.
El virrey no tuvo sino que darse a conocer y penetró hasta el separo en que habían puesto a don Antonio; don Lope quedó a la puerta con el carcelero.
—¿Me conocéis? —le dijo el virrey.
—Sí, señor —contestó el Tapado— S. E. el señor marqués de la Laguna, virrey de la Nueva España.
—El mismo; podéis hablar con entera confianza, que solos estamos: debéis traer para mí unos pliegos.
—Sí, señor, para S. E., los recibí en Toledo de manos de la reina nuestra señora.
—¿Y los habéis perdido?
—No, señor, los tengo aquí; felizmente no me han registrado al aprehenderme.
—Dádmeles —dijo con febril impaciencia el virrey.
El Tapado se desabrochó el justillo y sacó de su pecho un papel cuidadosamente doblado.
—Aquí le tiene V. E. —dijo presentándolo al virrey.