Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El virrey arrebató aquel papel con tanta violencia, como si temiera que don Antonio se arrepintiera de entregárselo y le ocultó con tanta precipitación como si alguien le observara.
—¿Y éste es el único pliego que hay para m� —preguntó.
—El único.
—Guardad el más profundo secreto; sobre todo, con los oidores.
—Eso mismo me han dicho ellos respecto de V. E.
—¿Es decir que alguno de ellos os ha hablado antes que yo?
—SÃ, señor.
—¿Y quién?
—Don Frutos Delgado.
—Ya me lo suponÃa —exclamó el virrey—. ¡Miserable! pero nada consiguió.
—Preguntóme por mis papeles.
—¿Y qué le dijisteis?
—Que estaban en mis cajas.
—Dios quiera que esa confesión no os perjudique.
—No tuve inconveniente en hacerla, porque sin que yo nada les dijera, habÃan de encontrar esos papeles en el registro que hicieran de mis baúles.