Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Voy, señor —contestó don Lope, y dijo luego a Benavides—, fiad del carcelero, es todo nuestro.
—Una súplica.
—Decid.
—Quisiera hablar con una dama que debe estar en México, y se llama doña Laura.
—¡Doña Laura!
—SÃ, ¿la conocéis?
—Mucho.
—Deseo hablarla.
—Don Lope —volvió a decir el virrey.
—La veréis —dijo don Lope, y salió del calabozo.
El virrey estaba impaciente; el papel que le habÃa dado don Antonio parecÃa quemarle el pecho, deseaba llegar cuanto antes a su cámara y reducirle a cenizas.
El carcelero les acompañó hasta la entrada de la prisión, y allà hizo una profunda reverencia al virrey y volvió a cerrar, no sin haber correspondido una señal de inteligencia que don Lope le hizo con los ojos.
El virrey se despidió de don Lope y se encerró en su aposento y el caballero salió de palacio.
Apenas se vio solo en su estancia el virrey, se acercó a una bujÃa, sacó los papeles, y sin ver siquiera lo que contenÃan, los acercó a las llamas y cuidó de que ni un solo fragmento dejara de reducirse a cenizas.