Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Ahora —exclamó— bien pueden los oidores hacer con ese hombre lo que mejor les agrade, por mi parte ya estoy tranquilo.

Al siguiente día por la mañana don Lope habló en su casa con Gonzalo y con el padre Lozada, y éste mandó en busca de don Guillén de Pereyra.

El Señorito se presentó a poco; el padre le recibió en una antecámara.

—Tengo necesidad de encargaros un negocio importante —dijo el padre Lozada.

—Mándeme su señoría —contestó el Señorito.

—¿Sabéis que ha sido preso don Antonio de Benavides, marqués de San Vicente?

—Sí, señor.

—En los equipajes del marqués vienen unos papeles que importa no lleguen a poder de la Audiencia sino al nuestro.

—¿Y en dónde se encuentra ese equipaje?

—Mañana debe entrar a México; le custodian algunos soldados, y es preciso quitárseles en el camino.

—Comprendo.

—Cuanto encierren las cajas es para los que acometan la empresa.

—¿Y quiere su reverencia que yo me encargue de esto?

—Sí.


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