Las dos emparedadas

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—Y en caso de que el golpe se logre, ¿entrego a su reverencia esos papeles?

—No, a don Lope de Montemayor, en cuya presencia indispensablemente se han de abrir esas cajas.

—Perfectamente; ¿y qué parte me toca del botín?

—A vos se os darán mil pesos.

—Tendrá don Lope esos papeles —dijo sentenciosamente el Señorito— y aquí mismo le daré aviso para que pueda ir a donde estén las cajas, a fin de que en su presencia sean abiertas.

El padre Lozada despidió a don Guillén y entró a dar parte de lo concertado a don Lope y a don Gonzalo.

Aquella noche, al sonar la plegaria de las ocho, don Lope llamó a la puerta de doña Laura y entró como de costumbre.

La dama sintió que un ligero carmín teñía su rostro al ver a don Lope, pero se serenó inmediatamente.

Aquella mujer sentía despertar algo parecido al amor en su corazón, pero habría muerto antes que sucumbir.

Al menos así lo pensaba ella.

—Señora —dijo don Lope— tengo para vos un encargo.

—Decid, don Lope —contestó con dulzura la dama.

—Don Antonio de Benavides desea hablaros.


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