Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —El mismo, y su excelencia el virrey y la real Audiencia, han ofrecido muy grandes premios al que lo aprehenda. Si su señorÃa quiere, en menos de una hora le aprehendemos, que yo sé dónde está, y sólo porque soy desvalido no lo he hecho.
Los ojos del oficial brillaron de codicia.
—¿Pero estas mulas? —dijo mirando las que traÃa.
—Si su señorÃa quiere, porque el negocio es muy bueno, en esa venta vieja pueden quedar mientras las mulas con dos soldados, y su señorÃa con seis hombres me sigue, que le llevaré hasta donde está oculto el marqués, que yo le he visto hoy en la madrugada.
El oficial reflexionó un momento, y luego dijo:
—Asà como asÃ, estas bestias necesitan descansar un rato, porque están muy maltratadas. Muchachos, dos de vosotros entrad en esa venta con las mulas mientras vuelvo, y los demás seguidme.
Dos soldados comenzaron a dirigir a las mulas para la venta, y el oficial con los restantes se puso en camino siguiendo al mendigo.
A pocos pasos del lugar en que se encontraban, habÃa un sendero estrecho que se apartaba del camino, entrando en un bosquecillo: por allà penetró el mendigo y los soldados, de uno en uno, le siguieron.