Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Perdone, hermano —contestó el oficial que se había detenido mientras levantaban una mula.

—Por el amor de Dios —insistió el mendigo.

—Ya le dije que perdone.

—Por María Santísima de Guadalupe.

—Y dále…

—Por las misas que hoy se dicen; por la hostia consagrada.

—No hay, hombre…

—Mire, señor caballero, que Dios da ciento por uno, y que la limosna que aquí diere, en el cielo la hallará.

El oficial miró al mendigo entre molesto y compadecido, y luego sacando una moneda se la tiró en el suelo.

—Dios premie la caridad, y aumente la devoción —dijo el mendigo levantando la moneda, santiguándose con ella y besándola— mire su señoría, señor oficial, que Dios puede premiarle: ¿sabe su señoría lo que pasa en México?

—¿Qué hay?

—Que se ha fugado un preso que metieron la otra noche, y dizque es marqués.

—¿El marqués de San Vicente?


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