Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cómo un pordiosero supo más que un señor oficial de los ejércitos de don Carlos II rey de España
Por el camino real de Veracruz, y a corta distancia del pueblo de San Juan Teotihuacan caminaba con dilección a México un oficial con ocho soldados, custodiando seis mulas de carga.
A la madrugada habían salido de Teotihuacan; el camino estaba fangoso, y las mulas de carga que no mostraban ser de las mejores, se resbalaban a cada paso, y a cada paso se echaban con la carga.
Los soldados y el oficial juraban como unos condenados, y se detenían a cada instante para levantar aquellas cansadas mulas.
En el camino por donde debían atravesar, había una venta desierta y arruinada, y debajo del miserable portal que aún estaba en pie, un hombre cubierto de harapos y sentado en una piedra miraba con ansiedad para el rumbo de San Juan Teotihuacan.
Por fin alcanzó a descubrir a lo lejos los soldados que conducían las mulas.
El hombre se levantó, y apoyándose en un grueso bastón, se adelantó perezosamente cojeando al encuentro del oficial.
—Una bendita caridad, por el santo que se celebra hoy —exclamó con tono plañidero.