Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XIV

De cómo un pordiosero supo más que un señor oficial de los ejércitos de don Carlos II rey de España

Por el camino real de Veracruz, y a corta distancia del pueblo de San Juan Teotihuacan caminaba con dilección a México un oficial con ocho soldados, custodiando seis mulas de carga.

A la madrugada habían salido de Teotihuacan; el camino estaba fangoso, y las mulas de carga que no mostraban ser de las mejores, se resbalaban a cada paso, y a cada paso se echaban con la carga.

Los soldados y el oficial juraban como unos condenados, y se detenían a cada instante para levantar aquellas cansadas mulas.

En el camino por donde debían atravesar, había una venta desierta y arruinada, y debajo del miserable portal que aún estaba en pie, un hombre cubierto de harapos y sentado en una piedra miraba con ansiedad para el rumbo de San Juan Teotihuacan.

Por fin alcanzó a descubrir a lo lejos los soldados que conducían las mulas.

El hombre se levantó, y apoyándose en un grueso bastón, se adelantó perezosamente cojeando al encuentro del oficial.

—Una bendita caridad, por el santo que se celebra hoy —exclamó con tono plañidero.


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