Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Frutos subió en su carroza y se hizo conducir a la casa del marqués de RÃo Florido.
El marqués estaba como siempre retirado en su aposento, porque no habÃa llegado aún la hora de la tertulia, y doña Inés recibió al oidor:
—¿Y a qué debemos la honra —dijo— de ver a su señorÃa en ésta su casa?
—La honra recÃbola yo, señora, al ponerme a las plantas de vuestra merced, y aprovechar esta oportunidad para hablarla a solas, si me concede para ello su venia.
—Puede mandar su señorÃa.
—Mandar nunca podrÃa a quien me honrara en obedecer.
—Gracias.
—Pues es el caso, señora, que vuestra merced ha dicho al señor virrey que podrÃa presentarle datos seguros acerca de la conspiración que aquà se trama contra los sagrados derechos de S. M. (Q.D.G.).
El oidor saludó.
—SÃ, señor oidor.
—Y supongo que en esto guÃa a vuestra merced el amor a su rey y el deseo de hacer un buen servicio.
—Ciertamente, señor.