Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Pues vista esa buena voluntad, y en atención a que vuestra merced es una dama discreta y noble; considerando que se la puede fiar un secreto, considerando que conviene fiársele para que esté preparada, y finalmente, en urgencia del caso determiné venir, y vine a ver a vuestra merced para decirla que a mi juicio el virrey es el principal apoyo con que cuentan en México los conspiradores.

—Tal había yo entendido, y por lo mismo no había vuelto a palacio, que comprendo que sólo en la real Audiencia puede tenerse confianza en estos momentos.

—Efectivamente, señora, y pues estamos conformes de toda conformidad, quiero referir a vuestra merced lo últimamente acontecido para ver si vuestra merced, que con tales noticias cuenta y tan buen deseo tiene de servir a S. M., puede averiguar algo en este punto.

—¿Qué ha pasado?

—Señora, la Audiencia esperaba las cajas del equipaje del marqués de San Vicente, en las cuales debían venir unos papeles importantes para la prosecución de su causa; pero esas cajas conducidas por soldados de S. M., han sido robadas en el camino.

—¿Robadas? y ¿cómo, señor?


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