Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —He aquà lo que me ha referido el oficial: a poca distancia de San Juan Teotihuacan caminaba al amanecer la escolta conduciendo las cargas, cuando repentinamente de un recodo del camino salió una partida de hombres enmascarados, caballeros en soberbios corceles, y se arrojaron sobre la escolta. El oficial y los soldados se defendieron bizarramente; el combate fue largo y sangriento; pero el número triunfó de la lealtad, y los soldados tuvieron que abandonar las mulas y retirarse a México, pudiendo conseguir apenas traer los cadáveres de dos de sus compañeros muertos gloriosamente en el combate.
—Pero eso es escandaloso.
—Lo es a tanto grado que me sospecho que el virrey tiene parte en todo ello.
—Prometo a su señorÃa averiguarlo.
—¿Y cuándo, señora? Porque hará en esto vuestra merced un distinguido servicio a S. M.
—Pasado mañana en la noche espero dar una puntual noticia a su señorÃa.
—¿Pasado mañana? Es mucho tiempo.
—No es posible hacerlo antes.
—Bien; será como vuestra merced quiera, señora, con tal que sea el resultado satisfactorio.
—Lo procuraré; por ahora ruego a su señorÃa que se retire, porque mi padre no debe tardar en salir, y deseo que ignore absolutamente que yo estoy mezclada en estos asuntos.