Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Comprendo, señora ¿y a qué hora podré hablar con vuestra merced pasado mañana?
—A esta misma hora; estaré pendiente para recibir a su señorÃa.
—Beso los pies de vuestra merced, mi señora —dijo el oidor despidiéndose.
—Beso la mano de su señorÃa —contestó doña Inés.
El oidor se retiró y una hora después la dama conversaba en la tertulia de su padre con la mayor tranquilidad.
El Señorito no faltó; y doña Inés le indicó por medio de frases ambiguas, que la beata tertuliana no comprendÃa, la necesidad que tenÃa de hablarle aquella noche a las doce.
El Señorito la contestó del mismo modo que no faltarÃa, y la tertulia se disolvió a la hora de costumbre.
Nuestros abuelos sufrÃan con gusto la tiranÃa del método: el supremo dictador era el reloj, y el calendario era una especie de primer ministro.
A la una habÃan de comer, aunque no tuvieran hambre, y hasta la una se servÃa la comida, aunque desde las once sintieran necesidad de tomar alimento.
Lo mismo era en el sueño, y en todo lo demás: el reloj, el método.