Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Días de la semana había en que les tocaba rasurarse, y no adelantaban aquella operación, veinticuatro horas por ningún motivo; de aquí la costumbre de hacer casi días de fiesta los jueves en aquellos tiempos; porque generalmente los saraos y los convites se fijaban para los jueves y los domingos, por ser días en que les tocaba rasurarse.
Había sus excepciones entre los jóvenes, pero eran excepciones.
La tertulia del marqués de Río Florido se retiró a la hora de costumbre, y don Manuel de Medina y su hija se encerraron en sus habitaciones.
Cerca ya de las doce de la noche, doña Inés salió de su aposento y deslizándose sin ruido, como una sombra; llegó hasta la puerta que caía al canal y esperó allí de pie aplicando el oído a los batientes para percibir mejor cualquier ruido que hubiese por la parte del canal.
Sonaron las doce, y a la primer campanada doña Inés introdujo la llave en la cerradura con mucho cuidado; pero no la hizo girar, y sin apartar de ella la mano volvió a ponerse en observación.
Así pasaron dos o tres minutos; por fin, el ruido del agua azotada por unos remos y el ligero choque de una canoa contra la escalinata de la puerta se escuchó entre el profundo silencio que reinaba.