Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Doña Inés, haciendo un esfuerzo para impedir que sonara la cerradura, dio vuelta a la llave y abrió.

En el mismo instante el Señorito llegaba a la puerta.

Todo aquello estaba tan bien calculado y combinado, que todo había pasado en un momento.

La puerta volvió a entornarse; doña Inés volvió a cerrar con llave, y enlazando con sus torneados brazos el cuello del Señorito que casi la llevaba en el aire levantándola por la cintura, llegaron a sentarse bajo el cobertizo del patio.

—Quiero que me cuentes una cosa, dueño mío —dijo doña Inés al Señorito, después que habían pasado un largo rato en caricias y requiebros.

—Habla, vida de mi vida —contestó el joven— ¿qué puedes desear que no sea para mí una ley suprema?

—Dime, bien mío: ¿sabes quién quitó a la escolta, el equipaje del marqués de San Vicente?

—Sí, mi bien: algunos de los comprometidos.

—¿Y qué hicieron de unos papeles que allí venían?

—Escúchame, los papeles los tomó uno de los jefes.

—¿Y qué hizo de ellos? ¿A dónde los tendrá?


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