Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Yo supongo que los dejó depositados en la casa de una dama que vive en la calle del Reloj, enfrente de la casa de don Lope de Montemayor, porque yo le acompañé hasta esa casa y le esperé hasta que volvió a salir de ella; no sé lo que allí hizo, pero cuando salió advertí que no llevaba ya los papeles, por lo que infiero que esa dama los guarda.

—¿Y sabes cómo se llama esa dama?

—Sólo sé que se llama doña Laura, es una mujer misteriosa que jamás sale a la calle, y viste siempre de luto.

—La conozco; y dime, Guillén, ¿podríamos contar con cinco o seis hombres resueltos para una empresa?

—Cuantos quieras, mi bien.

—Pero es preciso que sean leales, valientes, capaces de guardar el más profundo secreto, y capaces de aventurarse en cualquier empresa, por difícil que parezca.

—Tengo hombres a propósito y como tú lo deseas.

—Pues oye mi plan.

Doña Inés acercó su rostro al del Señorito y comenzó a hablarle con mucho misterio.


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