Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XVI

De cómo don Lope llevó a doña Laura al calabozo en que tenían preso a don Antonio de Benavides, y de lo que con éste habló la dama

Puntual llegó don Lope a la cita que le había dado doña Laura; cubrióse la dama cuidadosamente con su velo, embozóse el galán hasta los ojos, calóse el ancho sombrero y salieron ambos con dirección a palacio.

Las calles estaban desiertas y oscuras; cerca quedaba el palacio de la casa de la dama, pero más cerca pareció a don Lope, que hubiera deseado atravesar así el mundo llevando suspendida casi de su brazo a aquella mujer a quien él adoraba, que se entregaba tan confiada a su lealtad de caballero y a quien por eso mismo apenas se atrevía a decir una sola palabra de amor.

El cielo estaba entoldado de negras nubes; era la estación de las aguas en México, y de un momento a otro amenazaba desprenderse la lluvia.

Doña Laura caminaba silenciosa. Don Lope no cesaba de contemplar aquella cabeza inclinada bajo el peso de tristes meditaciones; adivinaba don Lope al través de los negros pliegues del manto la hermosura de la dama; le parecía que aquellos pliegues se diafanizaban, y que veía la frente pálida y serena de la dama, sus ojos lánguidos, sus labios rojos y entreabiertos.


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