Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De cuando en cuando doña Laura levantaba la cabeza y miraba a su compañero al través del velo; don Lope entonces sonreía melancólicamente, y estrechaba con suavidad la mano de la dama contra su seno…
Así llegaron hasta la puerta de palacio.
—Pero esta no es la cárcel —dijo doña Laura.
—Es cierto, señora; es que por aquí podemos penetrar con seguridad hasta el lugar en que está preso don Antonio.
Doña Laura miró a don Lope, y leyó tanta lealtad en aquel rostro, medio oculto entre la sombra, que no replicó y penetró con él en el edificio.
Don Lope conocía perfectamente el camino y condujo a su compañera, al través de algunos patios y corredores desiertos, hasta una puertecilla a la que llamó suavemente.
Inmediatamente se abrió en la puerta un pequeño postigo guarnecido por una gruesa reja de hierro, y la luz de un farol bañó el rostro del caballero.
Sin hacer ninguna pregunta abrió la puerta un hombre que por las llaves que traía colgadas a la cintura al lado de un ancho puñal, daba indicios de ser un carcelero.
Don Lope y la dama entraron; el hombre cerró la puerta y echó a caminar delante de ellos, que le seguían también en silencio, y procurando instintivamente ahogar el eco de sus pisadas.