Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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El carcelero se detuvo delante de una maciza puerta, y tomó una llave de las que traía; abrió y corrió los cerrojos, empujó la puerta y dando a don Lope su farol, quedó por la parte de afuera mientras que la dama y el caballero penetraron.

Don Antonio de Benavides, deslumbrado por la repentina claridad del farol que llevaba don Lope, no pudo conocerle ni distinguir a la dama que le acompañaba: sin embargo, se puso de pie, y saludó diciendo:

—Buenas noches: ¿qué se ofrece?

—Soy yo, marqués —dijo don Lope.

—¡Ah! don Lope de Montemayor; perdonadme, que no os había conocido.

—Viene conmigo una dama, a quien deseábais hablar.

—¡Doña Laura! —exclamó don Antonio.

—La misma —contestó la dama— don Lope me ha dicho que deseábais hablarme… y heme aquí.

—Señora, tanto favor a un hombre tan desgraciado.

—Porque estáis en desgracia he venido, que de no ser así…


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