Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Comprendo, señora, comprendo, y si fuera cosa que me atañera directamente, apenas me hubiera atrevido a molestaros; pero es un encargo, un mandato de la reina doña María Ana de Austria, y S. M. me ordenó que cualesquiera que fueran mis circunstancias en México os buscase y os hablase de su parte, y esto me lo dijo con grande insistencia más de diez veces.
—¿Y qué me ordena la reina mi señora?
—¿Mandaros? Ordenar nada, doña Laura, nada pediros, suplicaros es lo que me encargó.
—¿Pero qué puede querer de mí? ¿En qué podré servirla? ¿Qué puedo darla?
—Vuestro perdón, señora, vuestro perdón. La reina me ordenó ponerme de hinojos delante de vos, para pediros en su nombre el perdón por la muerte de don José de Mallades, porque esa muerte es para S. M. un eterno remordimiento enmedio de su gran desgracia.
Don Antonio se arrodilló delante de la dama y tomó una de sus manos.
Doña Laura tenía en aquellos momentos la palidez de un cadáver, y sus ojos no se apartaban del rostro de don Antonio.
Don Lope, inmóvil, contemplaba admirado aquella escena solemne, alumbrada por el farol que tenía en su mano.