Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Sería peligroso que los tuviérais en vuestro poder, depositadlos en manos de este ángel de bondad, que a ella me dirigiré en caso necesario para presentarlos; ¿admitís el depósito, señora?

—Sí, don Antonio, y estad seguro que no los entregaré aunque me cueste la vida, sino a la persona que vaya en vuestro nombre y me diga una palabra que vos me indicaréis.

—Doña Laura, sólo al que os diga esta palabra: «Perdón», que recordará vuestra noble generosidad.

—No olvidaré esa palabra —contestó la dama— adiós.

—Adiós, señora.

Don Lope y doña Laura salieron, y con las mismas precauciones y siguiendo el mismo camino, volvieron a encontrarse en la calle.

—Señora —dijo don Lope— ésta es la noche más venturosa de mi vida.

—¿Por qué, don Lope?

—Porque os he visto, señora, tan grande como sueño siempre veros, porque he visto a un hombre pidiéndoos perdón en nombre de Su Majestad.

—Vanidad de vanidades —contestó tristemente la dama.

—¡Cuánto os amo! —exclamó sin poderse contener por más tiempo el joven.


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