Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Hacéis bien, don Lope, porque debéis estar seguro de que si yo no fuera la esposa de un muerto, os amaría como yo sé amar…

Don Lope, como petrificado de aquella confesión de la dama, se detuvo repentinamente.

Aquello era más de lo que él había esperado nunca, la alegría le sofocaba, llevó sus dos manos a su pecho y aspiró el aire con toda la fuerza de sus pulmones.

Para otro amante las palabras de la dama hubieran sido casi insignificantes; para don Lope encerraban un tesoro infinito de felicidad.

Doña Laura le contempló un instante con ternura, y luego atrayéndole suavemente le obligó a caminar.

Estaban ya a la puerta de la casa y don Lope aún no había hablado una palabra.

—Ahora sí —dijo doña Laura— ahora sí le pido a Dios la muerte, la muerte pronta.

—¿Por qué señora? —dijo don Lope.

—Porque temo que voy a amaros y este pensamiento me espanta…

—¡Doña Laura! —exclamó don Lope.

Pero la puerta se había abierto y la dama sin escucharle entró precipitadamente y cerró tras sí.


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