Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Lope quedó largo tiempo sin moverse y en la misma postura; por fin, como saliendo repentinamente de aquella meditación, se arrodilló, se quitó el sombrero y besó respetuosamente la piedra del umbral en que había estado parada la dama.
Después se levantó, se cubrió, y con la cabeza inclinada se dirigió a su casa.
Doña Laura había contemplado todo aquello desde su balcón y cuando don Lope entró a su casa la dama se entró a su aposento, y se arrodilló delante de un crucifijo exclamando:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Ya le amo! ¡Ya le amo! ¿Cómo lo permitís? ¿Por qué no me mandáis mejor la muerte?
Doña Laura había contado demasiado con sus propias fuerzas, había permitido a don Lope que la hablara de su amor, le había dejado acercarse.
Porque creía que su corazón había muerto para siempre, que nada sería ya capaz de moverle.
Pero el corazón nunca muere verdaderamente, nunca cesa el peligro.
Sólo el sepulcro es una garantía, ¡y quién sabe lo que nos espera en ese más allá!