Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Donde se da razón por qué quería doña Inés de Medina que el Señorito le buscara cuatro o seis hombres de confianza
En un cuarto bajo de la calle de Santa Teresa, cuya puerta estaba perfectamente cerrada conversaban cuatro hombres que ya son conocidos para nosotros, pues que les hemos visto en la casa de Tlaltelolco.
Estaban sentados al derredor de una mesa en viejas sillas de madera, y se alegraban de cuando en cuando con una redoma llena de aguardiente que llevaban a sus labios.
—¿Qué empresa será ésta? —decía el Camaleón.
—Quizá resultará como el mentado plan de la casa del marqués, que días van y días vienen y nunca llega…
—Mira, Pinacate —interrumpió el Camaleón— de eso del marqués yo estoy seguro de que se logra; pero el Señorito quiere macizar el golpe; ya tú sabes que no le quiero bien pero, sin embargo, creo en que no nos engaña.
—¿Y si le ocurre casarse con la marquesita?
—Entonces te juro por el santo de mi nombre que le despacho yo.
—Por ahora estamos aquí perdiendo el tiempo y son ya las doce.