Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—No hay por qué quejarse; todavía a mí no se me acaba lo que conseguí en las cajas de don Antonio de Benavides.

—Ni a mí —dijo el Pinacate— pero aseguramos bien a los dos soldados.

—El pobre oficial —dijo el Camaleón— que se fue siguiéndome para prender al Tapado, y en todo el camino me preguntaba: —¿Estamos cerca? ¿Estamos cerca?

—Ayer le encontré.

—¿Y te conoció?

—Imposible.

—Llaman a la puerta —dijo otro de los bandidos.

—El Camaleón se levantó y abrió.

El Señorito se presentó seguido de una dama: todos los hombres se pusieron en pie y se quitaron respetuosamente los sombreros.

—Cerrad —dijo imperativamente la dama.

—El Camaleón obedeció.

—Tomad ese candil y seguidme todos —dijo.

El Camaleón tomó el candil que estaba sobre la mesa y todos se dispusieron a seguir a la dama.

Se dirigió ésta a una puerta que había en el fondo de aquella estancia, la abrió y se encontraron todos a poco andar en el patio de una gran casa.


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