Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Aquella casa venía por decirlo así, a formar ángulo con la que habitaba doña Laura en la calle del Reloj, y aquella casa estaba desierta.

Subieron la escalera, atravesaron varias habitaciones y llegaron hasta una azotea.

Allí se detuvo la dama.

—Escuchad —dijo— lo que vais a hacer; aquí tenéis una escalera que colocada junto a ese muro os dará la subida para la azotea; subiréis todos: una vez arriba, tiraréis de la escalera, porque os servirá para bajar a la casa contigua; en esa casa hay una dama hermosa, sola; os apoderaréis de ella y la conduciréis hasta aquí: en cuanto a los criados, atadlos o matadlos, como mejor os parezca: sobre todo, nada de robar, yo pago el servicio y pago bien, ¿entendéis?

—Sí —dijeron todos.

—Hacedme la gracia, don Guillén, de acompañarles —dio la dama— vos que conocéis mejor a la dama, y que comprendéis mejor mis intenciones.

—Y vos, señora; ¿cómo os quedáis?

—No os dé pena, que no tengo miedo.

Los hombres comenzaron a subir con gran precaución. El Señorito subió el último.


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