Las dos emparedadas
Las dos emparedadas La dama les contempló hasta que levantaron la escalera y desaparecieron: entonces con la mayor tranquilidad se apoyó en la barda de la azotea y se puso a mirar para el patio que estaba enteramente sumido en la más negra oscuridad.
Sin duda sus meditaciones la preocupaban completamente porque más de media hora no se movió, hasta que un ligero ruido por la azotea vino a llamar su atención.
La escalera volvió a ser colocada; bajó primero un hombre que se puso luego a sujetarla, y después otros dos, que con gran trabajo y peligro traían cargando un cuerpo que parecía ser una mujer.
—Hemos llegado —dijo el Señorito.
—Veré si es ella —exclamó la dama entrando por el candil que había dejado en el aposento contiguo e iluminando el rostro de la otra dama.
—Es doña Laura —dijo— ¿se ha desmayado?
—Sí, señora.
—Mejor.
—Sin embargo, tiene mordaza —dijo el Camaleón.
—Vámonos —dijo la dama.
El Pinacate, por precaución quitó la escalera, y la arrojó al patio.
Aquella comitiva fantástica, llevando en hombros a doña Laura, atravesó de nuevo la casa hasta llegar a la puerta de la calle.