Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Ésa es la corte, toda comedia, en la que cada uno no representa lo que quiere, sino lo que más conviene a los de arriba; eso te explica por qué soy astrólogo.
—¿Es verdad?
—Héteme aquà dando talismanes y amuletos, y diciendo el porvenir, en cambio de secretos de amores y de polÃtica que algunas veces se aprovechan y otras no, pero que sabe S. E. noche con noche.
—¿Viene él aquà siempre?
—Algunas veces, pero dóile yo cuenta de todo.
—Curiosa historia: sin embargo, debes tú de conocer algunos secretos de la astrologÃa judiciaria, pues tan bien haces tu papel, y dices cosas que propias son de mágicos y de hechiceros.
—Tiéneme prestado un libro el reverendo padre Nitardo, en el que leo y aprendo palabras y fórmulas para decir a los incautos, y es todo.
—Admirablemente, los dos entramos viento en popa en el mar de la fortuna: Dios nos ayude.
—SÃ, con la diferencia que tú eres piloto, cuando menos, y yo no paso de grumete.
—Hágame Dios siquiera vicealmirante que tú no dejarÃas entonces de mandar cuando menos una fragata.
—Amén.