Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Voime, que la noche corre de prisa —dijo don Fernando calándose su ancho sombrero, y dirigiéndose a la puerta por donde había entrado.

—Por aquí mejor —dijo Valenzuela mostrándole la puerta excusada— tú eres de la casa y para ti no hay secretos.

Y diciendo esto guió a Valenzuela al través de algunos aposentos, le hizo atravesar otro patio, abrió una puertecilla, y don Fernando se encontró en la calle que pasaba a la espalda de la casa.

—Dios te guarde —dijo, y embozándose hasta los ojos se alejó precipitadamente.









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