Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Conque es decir —exclamó doña Inés sintiendo una especie de reacción de odio y de furor— es decir que tú conoces ese secreto? Pues bien, despÃdete para siempre de toda esperanza; morirás, morirás, desgraciada, pero no como tú crees, no, ese muro no se cerrará: asÃ, asà procuraré prolongar tu vida y tu agonÃa; porque no sé la razón, pero te he odiado siempre instintivamente con toda la fuerza de mi alma, y temblaba ante la idea de que tú pudieras declarar en dónde estaban los papeles del marqués; esto me habrÃa obligado a ponerte en libertad, cuando lo único que yo anhelaba era tu muerte.
—Esos papeles, ¡jamás llegarán a tu poder!
—Aun cuando perdiera toda mi fortuna no me importarÃa como tú estuvieras en mi poder; pero asà como te tengo, para poder martirizarte a mi entera satisfacción, para poder gozarme en tu agonÃa: porque instintivamente, te lo repito, tú has sido siempre el grande odio de mi vida.
—Y yo te desprecio; desprecio tu odio y tus amenazas, y tus tormentos y la muerte misma que me venga de tu mano, y reiré siempre de ti como ahora rÃo, y como reÃa cuando no alcanzaste en premio de tus artificios vulgares, más que el desprecio de don Fernando de Valenzuela.