Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Laura, como una loca, lanzó una carcajada sardónica, que repitió lúgubremente el eco sordo de la bóveda.
Doña Inés, con los ojos inyectados, y como queriendo salírsele de sus órbitas, con los dientes apretados, con los brazos tendidos hacia adelante y las manos crispadas, se lanzó sobre doña Laura, de la que sólo podía descubrir el rostro.
El Señorito comprendió que iba a pasar allí algo más horrible de lo que él estaba acostumbrado a ver, y sujetó a doña Inés de la cintura para separarla de allí.
Pero doña Inés había alcanzado ya con su mano derecha la pared que cubría la puerta del nicho en que estaba encerrada doña Laura, y se aferró con toda su fuerza de aquella pared para que el Señorito no la apartase.
Sin duda don Guillén no habría logrado arrancarla de allí porque aquella mano parecía un garfio de acero, pero repentinamente doña Inés lanzó un grito agudísimo; era que doña Laura había logrado alcanzar con sus dientes uno de los dedos de aquella mano y apretaba y mordía con una especie de rabia.
El dolor que sufría doña Inés era tan agudo que vacilaba y estaba próxima a desmayarse.