Las dos emparedadas
Las dos emparedadas El Señorito procuró arrancar la presa a doña Laura, pero doña Laura no era ya la mujer dulce y resignada; no, era una fiera. Su respiración salía agitada por sus narices, cuyos poros se habían dilatado extraordinariamente; sus ojos arrojaban llamas, apretaba los dientes con una especie de convulsión nerviosa que maceraba la carne, que rompía el hueso, y de sus labios corría mezclada con la espuma de la cólera la sangre que vertía la mano de doña Inés.
—Soltad, soltad —gritaba espantado el Señorito.
—Me muero —decía doña Inés retorciéndose con la fuerza del dolor, y llorando—, me muero.
—Suelta, suelta —repetía don Guillén golpeando la hermosa frente de doña Laura y sus ojos.
Pero doña Laura apretaba más y más y no contestaba sino por medio de un rugido.
Entonces don Guillén tuvo una inspiración y cubrió con su mano rápidamente la nariz de doña Laura. para impedirla que respirara.
El remedio era infalible, porque la emparedada no podía hacer uso de sus brazos, resistió por un momento la sofocación. Poco a poco sus dientes se abrieron y doña Inés retiró la mano; pero era ya tarde, el dedo de la dama estaba completamente despedazado.