Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña Inés lanzó un débil gemido, dio dos pasos vacilando y cayó desmayada en los brazos de don Guillén que se había apresurado a socorrerla.
Doña Laura la miró con una alegría feroz; luego como un tigre harto de sangre lamió la de doña Inés que había quedado en sus labios, y lanzó una estridente carcajada que hizo helar de espanto al Señorito.
Doña Laura había perdido la razón.