Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Lope, con una hacha en la mano, se dirigió a la escalera.

De repente dio un grito, y se detuvo; había tropezado con un cadáver.

Don Lope visitaba todos los días a doña Laura y sabía que tenía tres esclavas: acercó una luz y reconoció el cadáver de una de ellas.

Tenía una puñalada en el pecho y el cráneo roto; indudablemente aquella infeliz había sido muerta en el corredor y precipitada desde allí al patio.

Don Lope se apartó con disgusto y se dispuso a subir, pero el alcalde había llegado ya con el escribano y algunos alguaciles y se detuvo para impedirle el paso.

—Téngase a la justicia, señor caballero, que no se puede pasar de aquí sin dar fe del cuerpo, y…

—Señor alcalde —exclamó furiosamente don Lope levantando el hacha— si vuestra merced sigue estorbándome en estos momentos, por el santo de mi nombre que voy a hendirle el cráneo.

El alcalde se apartó de un salto, pálido y demudado, y aún quiso hacer otra tentativa gritando:

—Favor a la justicia…

Pero don Lope pasó adelante y tras él la gente con tanta rapidez que el alcalde sin concluir su frase tuvo que seguir el movimiento, so pena de ser derribado y pisoteado.


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