Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Y viendo que los golpes de las hachas seguían sin intermisión y que la puerta vacilaba, comenzó a gritar:

—¡Favor a la justicia! ¡Favor a la justicia!

Pero la curiosidad y la impaciencia dominaban a los alguaciles y a todos los curiosos que presenciaban aquella escena, que no estaban para perder el tiempo en fórmulas.

Las voces del alcalde se perdieron sin que el eco siquiera se tomase el trabajo de repetirlas.

El alcalde comprendió la impopularidad de la escena, y calló avergonzado.

La curiosidad había triunfado de la ley.

La puerta saltó al fin hecha pedazos; se oyeron entonces distintamente los gritos de una mujer que pedía socorro, y toda la multitud que se agrupaba en la puerta se lanzó dentro de la casa siguiendo a don Lope y alumbrada por las torcidas que llevaban ardiendo los criados y por el vacilante farolillo de la ronda.

El alcalde fue arrollado lo mismo que los alguaciles en aquella carga, y nadie pensó en dejarle pasar por delante ni en detenerse para no atropellarle.

El alcalde comprendía su debilidad y se dejó conducir por la multitud.

Entonces la fuerza bruta triunfaba de la autoridad.


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