Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Aquello era un robo, pero ¿y doña Laura? ¿Qué había sido de ella? Si la habían asesinado, ¿en dónde estaba su cadáver? ¿En dónde su sangre? ¿Por dónde había salido si el zaguán estaba cerrado?

Todas estas preguntas dirigía don Lope a las esclavas que nada podían contestar y que no hacían sino temblar y llorar.

Don Lope se dejó caer en un sitial como un loco y tiró el hacha que llevaba en la mano y se puso a llorar sin reflexionar que una multitud de curiosos le contemplaba con extrañeza.

—Referidme lo que sepáis —dijo a las esclavas.

—Señor —dijo una— ésta y yo estábamos en la cocina, cuando repentinamente entraron unos hombres, se arrojaron sobre nosotras y nos ataron como nos habéis encontrado: oímos gritos, golpes, ruido y luego nada; silencio: esto fue anoche; todo el día lo hemos pasado así, muertas de sed y de hambre…

—Esa declaración que toma vuestra merced, es ilegal —exclamó el alcalde presentándose delante de don Lope.


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