Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Don Lope se levantó furioso y buscando cerca de sí algo que arrojar a la cabeza del alcalde; afortunadamente su mirada no se posó en el hacha, sino en un gran cojín que tenía cerca, le levantó y antes que el alcalde pudiera evitar el golpe, le lanzó el cojín con tanta furia, y le acertó tan bien en medio de la frente, que el alcalde, atarantado, dejó escapar la vara, vaciló y cayó sentado en medio de las risas de la gente que le rodeaba.
—¡Favor a la justicia! ¡Favor al rey! —gritó levantándose furioso y buscando la insignia de su autoridad— prendan a ése.
Pero don Lope había desaparecido, y como un demente corría en dirección a palacio.
—Vaya, comencemos el proceso en forma, señor escribano —dijo calmándose el alcalde.
Y el escribano se adelantó sacando un inmenso tintero de cuerno.
Entonces la justicia comenzó a cumplir con su deber y las esclavas sufrieron una larga serie de preguntas, y todas ellas a cual más impertinentes.
Resultó que las esclavas nada sabían ni nada pudieron decir, pero fueron a la cárcel para continuar el proceso.
Y la casa de doña Laura fue cerrada, y sus puertas selladas de orden de la justicia.