Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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XX

De lo que el virrey dijo a don Lope y de lo que éste pensó respecto de la desaparición de doña Laura

Furioso salió don Lope de la casa de la dama, y sin reflexionar casi lo que hacía, se entró a palacio.

Aún no era tan avanzada la noche que el virrey se hubiese ya retirado, y el joven consiguió hablarle sin dificultad.

—Perdone V. E. que a horas tan inoportunas llegue a molestarle, pero háme ocurrido un lance que es para mí peor que si hubiera perdido la vida.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el virrey temiendo que fuese algo de la conspiración que le tenía tan sin sosiego.

—Es el caso, señor, que han asaltado una casa en donde vivía una dama a quien honestamente yo servía, y esa dama ha sido robada.

—¿Robada? ¿Aún creéis que hay mujeres robadas?

—¡Oh! sí, señor, porque quien conocía como yo a ésta, no podrá culparla jamás de liviandad; además, tres esclavas la servían; una ha sido muerta de una puñalada y las otras dos se han encontrado en la casa atadas.

—Eso ya es más grave; ¿conque estáis seguro de que la dama no ha ido por su voluntad?


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