Las dos emparedadas
Las dos emparedadas De lo que el virrey dijo a don Lope y de lo que éste pensó respecto de la desaparición de doña Laura
Furioso salió don Lope de la casa de la dama, y sin reflexionar casi lo que hacÃa, se entró a palacio.
Aún no era tan avanzada la noche que el virrey se hubiese ya retirado, y el joven consiguió hablarle sin dificultad.
—Perdone V. E. que a horas tan inoportunas llegue a molestarle, pero háme ocurrido un lance que es para mà peor que si hubiera perdido la vida.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el virrey temiendo que fuese algo de la conspiración que le tenÃa tan sin sosiego.
—Es el caso, señor, que han asaltado una casa en donde vivÃa una dama a quien honestamente yo servÃa, y esa dama ha sido robada.
—¿Robada? ¿Aún creéis que hay mujeres robadas?
—¡Oh! sÃ, señor, porque quien conocÃa como yo a ésta, no podrá culparla jamás de liviandad; además, tres esclavas la servÃan; una ha sido muerta de una puñalada y las otras dos se han encontrado en la casa atadas.
—Eso ya es más grave; ¿conque estáis seguro de que la dama no ha ido por su voluntad?