Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —Seguro, señor, doña Laura era incapaz de semejante cosa.
—¡Doña Laura habéis dicho!
—SÃ, ¿la conoce por ventura V. E.?
—¿Vive en la calle del Reloj?
—SÃ, señor.
—¿Gasta siempre tocas de luto?
—SÃ, señor, sÃ, señor, la misma.
—¡Que Dios nos ayude! Eso es para mà muy grave…
Don Lope miraba espantado al virrey, que parecÃa haber tomado el negocio con mucho calor después que supo de quien se trataba.
—¿Sabéis la historia de esa dama? —preguntó.
—SÃ, señor —contestó don Lope.